“La culpa de lo que pasa la tiene la gente.  Estas tierras están malditas y yo se los dije: No abran el camino. Van a despertar a los que están dormidos”.

Así nos contaba el encargado de cuidar el Primer Ciclo de Alto de Piedra, en Santa Fe de Veraguas.

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Recibí la noticia de que unos estudiantes del primer ciclo estaban siendo víctimas de un extraño mal que no los dejaba dormir y fui a investigar.

Las clases estaban suspendidas hasta nueva orden, le pregunté al señor sin mucho disimulo, si sabía algo más, si se trataba de alguna enfermedad, de alimentos contaminados o de alguna otra cosa? Y así me contestó:

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“Lo que arranca a los estudiantes de las camas, enloqueciéndolos hasta llevarlos al monte donde despertaban aterrorizados, llenos de aruñazos y moretones, no es más que el SEÑOR DE LOS MONTES.

Hace mucho tiempo, para el tiempo de los españoles, un señor importante visitó Santa Fe. Y creyendo que los indios tenían oro, los atormentó hasta que le descubrieran el secreto.  Muchas mujeres, niños, viejos y hombres (indígenas) del monte murieron por la codicia de este señor. El sable y la cadena los derramaba como agua por los caminos hasta que el hedor llegaba a Santa Fe.  A este nuevo señor no le importaba nada, sólo quería encontrar el oro de los indios de la montaña.

A morning without coffee is like sleep.

Un día el cura le pidió, en nombre de Dios, que por la devoción que todos sentían por la Santa Cruz, no maldijera la tierra derramando más sangre.  Él, secretamente metió una serpiente en la sotana del cura y lo asesinó. El señor sólo deseaba el oro y juró que lo encontraría así tuviera que acabar con todos los salvajes y a todo el que se entrometiera, fuese éste Dios o el Diablo.

Después de muchos días, y no quedando más que una choza y un indio ya mayor, arremetió contra el viejo, él, unos diez soldados y unos perros.  “Dime maldito indio, dónde está el oro y te daré una muerte sin dolor. De lo contrario, que mis perros te desbaraten sin que quede un hueso entero ni un pellejo pegado a tu cuerpo”.

CUBIABARÁ, el viejo indio se levantó de su hamaca y sentenció al criminal. “Tú has matado a mi gente, derribaste mis dioses, quemaste a mis vírgenes y sacerdotes, y no tuviste temor. Si lo que quieres es oro, levanta el suelo de mi choza. Allí está la maldición que ha envenenado tu corazón. Pero desde ahora tú serás el SEÑOR DE LOS MONTES. Tu alma jamás podrá dejar este lugar. Maldita tus descendencias  y malditos los que, como tú, no ponen fin a la avaricia”.

Ebrio de alegría, levantó el suelo de la cabaña y allí estaba: un tesoro inmenso. Tres día tardaron en bajarlo de la montaña. Tal era la cantidad de prendas de oro, esmeraldas, y otras piedras preciosas que se necesitaron más de treinta hombres, todos los caballos y mulas del pueblo para bajar el botín. Pero las palabras del indio pronto se cumplirían.

La noche que terminaron de bajar el último collar de la selva, la tropa  y el señor español se emborracharon. Bebieron tanto licor que perdieron el conocimiento, al día siguiente los cuerpos despedazados de los hombres cubrían la plaza. El miedo y el dolor llenó los corazones de los que quedaban en el pueblo, justamente el día en que llegaba un barco con provisiones y listo para llevarse también el botín.

Después de darle cristiana sepultura a los restos de los soldados, se dieron cuenta que faltó un cuerpo y el tesoro. Ni una sola cuenta del botín se encontró. Se los había tragado la tierra.

El lugar se consideró maldito y se abandonó. En una planicie, a un día de camino se construyó el nuevo pueblo. Igual se llamó Santa Fe. Creyendo estar a salvos y seguros los del pueblo, se olvidaron de lo sucedido.

Llegaron otras personas a Santa Fe, el pueblo creció, construyeron una capilla, casas y el tiempo pasó. Hasta que un día, mientras unos hombres cazaban, dispararon sobre los lomos de un inmenso animal. Mitad hombre, mitad bestia, lleno de pelos, garras en vez de manos, pezuñas en lugar de pies y lleno de colmillos; esta bestia los emboscó en la espesura de la montaña. Uno a uno los destrozó, sólo perdonó la vida del más joven a quien le hizo jurar que jamás volvieran a esos lugares. El muchacho llegó al pueblo dos días después, envuelto en harapos y con la mirada perdida. La gente al verlo, jamás volvió a tocar la tierra del SEÑOR DE LOS MONTE. Esa fue la última vez que alguien con vida lo ha visto.

Muchos cazadores se han perdido en la espesura de esa selva y muchos sabemos que el SEÑOR DE LOS MONTES los ha reclamado.

Dicen que esa bestia vive allá, a pique, pero yo creo que poco a poco le hemos robado tierras. Es cuestión de tiempo, que un chiquillo de esos se pierda y nunca más lo encontremos”.

Había pasado las cuatro de la tarde cuando terminé de hablar con el viejo cuidador y decidí que era tiempo de regresar. Caminé el tramo de la escuela y sin aviso un alarido se escuchó en las montañas. Me sobrecogí. La historia del SEÑOR DE LOS MONTES empezó a cobrar vida en mi piel y yo metido allá,  después sentí una enorme mano en mi hombro: “no se alarme, son los perros del monte, a veces asustan”, me dijo un viejo con el rostro sonriente.

Por:

CesAr PeñaLoZa

Cédula: 9-193-122

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