San Carlos, en las cercanías de la Ciudad de Panamá, cada vez más representa una inyección económica para el país.

Es un pintoresco pueblo, con lugareños trabajadores y con una mezcla de actividades laborales, entre las que se destacan la agricultura y la pesca.

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Pasando la Policlínica de la Caja del Seguro Social, Dr. Juan Vega Méndez, y siguiendo en línea recta por unos minutos se llega a la enorme playa de San Carlos. En esta área diariamente se agitan cientos de personas en actividades marinas para darle solución a la subsistencia diaria.

Un día bueno de pesca, para las más de 30 embarcaciones con motor fuera de borda que desde la perfecta línea recta del horizonte se asoman, representa una «carga de oro» de 1,000 libras de pescado. La embarcación que menos peces atrapa, llega con unas 600 libras de cualquier variedad.

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El panorama se torna interesante y pintoresco cuando desde la orilla de la playa, un tanto ansiosos y esperanzados, espera el núcleo familiar de los pescadores (esposa e hijos) y los dueños de las embarcaciones. Todos muy  atentos a las manos del capitán, quien a corta distancia indica con sus dedos cuántas cajas necesita para depositar allí el producto del trabajo.

A morning without coffee is like sleep.

Algunas veces indica 5 cajas, que representan unas 600 libras de pescado, otras pide 10 cajas que, sin duda es el éxito total, pues traducido en cifras, serían unas 1,000 libras de pescado.

El resultado de la pesca siempre es fructífero, nunca se pierde y el día que menos se pesca ya ha sido compensado con anteriores jornadas de trabajo.

El capitán y su ayudante ofrecen a quienes esperan una variedad de pescados que van desde sierras, corvinas, bobos, pargos rojos, y el popular bonito, éste último es el menos cotizado de todos, pero con grandes cualidades nutritivas, de carne negra, sabor delicioso y fácil preparación.

El mar, en su bondad infinita, ofrece casi gratis un alimento sano y económico, exigiendo solamente al hombre estar a la intemperie en alta mar entre 10 o 12 horas, algunas veces a la sombra de la madrugada (1:00 am) otras bajo el inclemente sol (2:00 pm), pero el premio para los pescadores se traduce en el sustento diario que brindan a su familia y en las ganancias que les produce la actividad.

Después que el proceso de la pesca concluye, todo queda en calma, los gallotes satisfechos desaparecen, los bañistas retornan a sus hogares, los dueños y pescadores con una sonrisa de satisfacción sacan sus cuentas, el mar queda con menos peces y sigue en su impenetrable silencio, solamente interrumpido por el rugido de las olas que golpean incesantemente a las rocas y la blanca arena.

Por:

RoSalinA r. RomEro C.

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